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Sólo hay una persona que ama a Jesús más de lo que ninguno de nosotros podrá amarle nunca: su madre. Nuestra madre. Y tras Ella, todas la mujeres que acompañaron al Señor hasta la Cruz. Y con ellas todas las abuelas, las madres y la hijas que, a lo largo de la historia, han cargado con el peso de las pequeñas o grandes cruces de los hijos.
En estas páginas , como hace más de dos mil años, Jesús nos está esperando. A ti y a mí, a todos, hombres y mujeres de ayer y de hoy, con su Mirada puesta en cada uno de nosotros, sediento por morar en nuestros corazones. (Prólogo - Fernando Gutierrez).
Sólo hay una persona que ama a Jesús más de lo que ninguno de nosotros podrá amarle nunca: su madre. Nuestra madre. Y tras Ella, todas la mujeres que acompañaron al Señor hasta la Cruz. Y con ellas todas las abuelas, las madres y la hijas que, a lo largo de la historia, han cargado con el peso de las pequeñas o grandes cruces de los hijos.
En estas páginas , como hace más de dos mil años, Jesús nos está esperando. A ti y a mí, a todos, hombres y mujeres de ayer y de hoy, con su Mirada puesta en cada uno de nosotros, sediento por morar en nuestros corazones. (Prólogo - Fernando Gutierrez)
Te invito a que vengas conmigo a Jerusalén, con las mujeres, al momento en el que todo parece perdido, y juntos vivamos cómo late el corazón femenino en el trago más amargo de Jesús, antes de vencer al mal y así celebremos la victoria definitiva del amor: La Resurrección. (Introducción - Carlota Valenzuela)
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